
Cuando ingresé con mis seis años a preescolar fui llevada de la mano de mi madre.
Una mano joven, fuerte, segura de sí misma, debido quizás, a una inteligencia que sobresalía por sus poros.
Elegante, altiva, de ojos color esmeralda ¡Cómo admiraba a mi madre!
Tenía el mundo a sus pies por su carácter de líder.
Orgullosa de sus estudios superiores en una época en la cual, las señoritas, debían quedarse en sus casas a tejer o bordar.
A los 19 años ya era profesora de matemáticas y geografía frente a alumnos mayores que ella.
Estaba orgullosa de tener una mamá tan elegante y que manejase, según mi visión de niña, el mundo a su gusto y piacere.
¡Es que se imponía, y cómo!
Yo vestía un vestidito verde claro, con punto smock.
Intimidada por no tener listo el uniforme y porque desde mi apenas metro y algo, todo, lo veía alto e inalcanzable.
En el momento en que mami me soltó la mano me sentí perdida. Estado que duro poco.
Ya que al instante me había transformando en una comandante en jefe y la pauta es, que no me acuerdo de ninguna compañerita. Solo quedé absorta al ver como vomitaban y lloraban, desconsoladamente, personitas prendidas de los pantalones de sus papás.
Hija de Yrigoyenistas, casada con mi padre, hijo de conservadores, dio clases hasta que la última de mis hermanas anunció su venida al mundo.
Hasta el último de sus días, fue siempre la primera de la fila para cobrar su jubilación de profesora.
De vez en cuando nos llevaba. Todavía éramos niños con mi hermano José Luís.
“Mami nos da vergüenza”.
Ella giraba su cabeza a lo Greta Garbo y nos preguntaba y afirmaba:
“¿Por qué?” “Si he trabajado toda mi vida”.
En caso de llevarnos matemática o cualquier otra materia que las había y bastante, nos decía mientras se enroscaba mi pelo entre sus dedos: “No hay peor cosa que tener hijos burros”.
“Razona, Razona”.
¡Mi madre! ¡Qué fuerte es su presencia en mi vida! ¡Qué importante!
A veces, cuando estoy confundida me pregunto cómo hubiera reaccionado ella ante tal o cual cosa. Así como hoy, lo hago con Jesucristo.
Creo que siempre quise parecérmele.
Pero a medida que pasan los años, ella, es cada vez mejor.
¡Magistralmente mejor!
Era la época del “Tercer Mundismo” y el sacerdote del colegio, medio izquierdón a nuestro gusto, me tiraba claves contra los ricos.
Muchas compañeras perdí en esta guerrilla.
A lo mejor, vislumbraba un liderazgo en mi personalidad que podía serle útil.
En casa éramos muy creyentes y mi padre muy cercano al Episcopado.
Lo cierto es, que llegué del colegio y le dije a mi madre:
“Mami, este sacerdote me habló mal de…”
Mami pego un salto. Se fue al colegio y vaya a saber qué le dijo al sacerdote.
Pero lo puso en vereda como solo ella sabía hacerlo. ¡No le toquen a sus pollitos! (PETICOTAS I. Págs. 20- 21)